martes, 30 de enero de 2007

DESAZÓN

Amanezco envuelto en oscuros y sombríos sobresaltos: El odio y el rencor. Una gota de sudor recorre mi turbia frente de ceño fruncido. Los dientes me chasquean y la tensión retorcida revuelve mis músculos. Son la rabia y la impotencia sentimientos, que me aprietan en mis sábanas, entran en mi cabeza aplastándola, oprimen mi pecho, no me dejan respirar. Las pasiones los afectos… emociones arraigadas tiempo atrás ante las cuales estoy rendido. No puedo combatir por evitarlas y ahí siguen, como los pacientes asesinos que esperan a sus presas tras las esquinas, para darles el golpe de gracia que los despoje de sentido, de valor para vivir.

Las estampas del recuerdo se suceden, parecen afiliados punzones que mustian un corazón que no es de hielo. Se clavan incesantemente, sin dejarme siquiera durante el tedioso descanso de la noche… -vida pura, virginal y alegre, ¡Qué falsa fuiste!. En verdad me quemabas gris y terroríficamente real… sólo que así de cándida eras aún más dolorosa-.

Mi cabeza, redobla un réquiem a muerto, me recuerda los malos momentos. Ahora no puedo entrecerrar los ojos para encontrar el único descanso que se me permite, el de mi cuerpo, el del sueño. No logro hallar sosiego. Es ahora la desazón mi compañera y la agonía la que aturde mis oídos insistentemente. No hace más que buscarme en el continuo recuerdo, para que no olvide porqué padezco. Las ganas de gritar, de liberar algo que me carcome, el pudor de mi triste existencia se canaliza… Tras una jadeante respiración miro al infinito, la impotencia es ahora mi única compañera. Contemplo fotografías de mi mente, eso no lo puedo evitar. Me hace parecer más estúpido el verlas. Siento como si me regodeara en esas negras instantáneas, pero a la vez no puedo apartarlas de mí. El frío me inunda mientras cierro los puños al golpear la cama. Quiero evadir algo inevitable. Golpeo cada vez más fuerte, el sudor recorre ya mi vacío pecho. Mi mente muestra cosas cada vez más reales, más tangibles a pesar de su tiempo pasado, incluso aparecen ante mí cuando tengo la mirada entreabierta. Encojo mi rostro y rechinan mis dientes, que intentan no dejar escapar ese aliento de liberación. Quiero sufrir algo más, demostrarme que puedo sentir sin agotar mi ser por ello. Veo los días a su lado, mi cariño, pero ante todo, la inalterable realidad: me hizo sufrir sin merecerlo. Una imagen más, un sueño incierto sobre mi vida, un trocito de dura existencia, otra lágrima de rencor. No aguanto más, grito.

Huele a 25 años de podrida realidad. El sol entrecuela sus rayos por una roída persiana. El claroscuro de la estancia se mezcla con la ya olvidada viveza de mis cuadros. Temples de cacerías, gravados de vírgenes esplendorosas, encierros taurinos… Todos ellos arrinconados en mi memoria y ensombrecidos en un ambiente de amargura. La quejumbrosa silla vieja de la esquina recoge la ropa de otros días. Se entreven prendas alegres, vivas, de alguien que quiso hacer de la vida su lugar de superación, para lo bueno y lo malo, pero que hoy se encuentran muertas, arrugadas, olvidadas en aquella esquina.

La sombra de la estantería recorre mis libros, juega a matarlos, a hacer borrón y cuenta nueva de aquellas fantasías románticas y belicistas que llenaban mis horas de lectura. Hoy ya no puedo creer en ellas. El negro fantasma se va acercando a la cama. El amanecer pasa, alcanza el mediodía, se acerca pausada e inexorablemente. Quiere engullirme, llenarme de su miseria tenebrosa y enviarme al pasado del olvido. Pero allí no me encontrará, yo llegué antes y más lejos, ya caí en un abismo más profundo. En la cama mi silueta se yergue bajo oxidados barrotes de estaño. Las sábanas llevan conmigo ya no se sabe cuánto tiempo.

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