martes, 17 de abril de 2007

LIBERTAD Y DEMOCRACIA, ECUACIÓN DIFÍCIL DE CONJUGAR

Desde tiempos de Alexis de Tocqueville el hombre ha buscado en su devenir la mejor forma de combinar ambos conceptos, sendas realidades, sin llegar nunca a comprender que su valor es tan absoluto e inalcanzable que sólo soñamos con acercarnos a él. Y ello no es malo, sólo es la lucha del ser humano por perfeccionarse a sí mismo como la meta más pura y digna posible de su existencia.

La libertad sin democracia hay que verla como una palabra vacía y sin mayor sentido de realidad, que la que posee la ciudadanía sin representación. Pero también hay que entender, que por otro lado, la democracia no siempre ha de significar libertad (pregúntenle al pueblo vasco). La libertad es engañosa, pues para que alguien sea libre, no ha de vivir sin reglas tal y como lo americanos entienden. Al igual que para llegar a la democracia, lejos nos quedamos con el voto representativo de todos los ciudadanos, si no que hay mil variaciones imperfectas de la misma dentro del panorama mundial. Así pues son dos palabras vinculadas a realidades totalmente distintas, según a qué civilización representen, según en qué cultura se encuentren enmarcadas.

Partiendo de esta premisa el afán Norteamericano de dar plena libertad a sus ciudadanos para hacer y deshacer bajo un marco de leyes fijadas por la democracia más antigua del orbe está lejos de ser la fórmula idónea a la ecuación. Es de nuevo una representación de una cultura hecha a sí misma. Nació bajo la antorcha de una justicia ciega y supuestamente imparcial – la estatua de la Libertad – a la que siguió la Declaración de Derechos Humanos y la posterior Constitución de 1787. Todas pretenden anteponer la libertad del individuo al interés colectivo, por lo que la colectividad se interpreta con una ley, que antepone al individuo y su libre albedrío, al interés general.


Así los americanos nacieron libres, con un marco jurídico con pocos límites y que hoy les lleva a sufrir hechos tan graves como los de la Universidad de Virginia. No digo que no ha de creerse en la bondad del ser humano, sino que ha de hacerse una marco constitucional capaz de solventar las necesidades morales y culturales del pueblo al que representa. Precisamente la Sociedad del Rifle es la contradicción cultural más aberrante que posee el puritanismo americano. Tienen lo que han querido, encuentran lo que buscaron con aquella constitución que les hizo libres, arrancan necedades tan viles como ésta, por no buscar una coherencia dentro de la justicia y moral colectivas.

La verdad es que ocurre en todos los países, pero no con tales magnitudes como en los Estados Unidos de América, la libertad y la democracia son difíciles de conjugar, aquí en España necesitamos más de 50 años de terrorismo para lograr eliminar de la fórmula democrática a sus representantes y cada día vemos más lagunas en el sistema. No somos libres del todo, al igual que los americanos, pero espero que lo seamos más que ellos, pues si hemos de acabar con detectores de metales en nuestros institutos para que nuestros hijos vivan seguros y en paz, entonces preferiré buscar la democracia y la libertad en la soledad del Himalaya. En un mundo así no se puede ser libre de veras, sólo ser esclavo del miedo y otros sentimientos que este suceso fatídico ha despertado en mí y prefiero ahorrarme comentar.

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