miércoles, 9 de mayo de 2007

REQUIEM POR LA UNIVERSIDAD

Por Daniel Martín

Hace quince años, cualquier licenciado destacaba, por unos mínimos conocimientos, sobre la media de la sociedad. Actualmente, cualquier recién licenciado no difiere mucho de cualquier estudiante de 2º de Bachillerato: sus conocimientos son escasos, la expresión oral bastante pobre, y la escrita rayana en el analfabetismo. A medida que ha ido creciendo el número de universidades públicas y privadas, el profesorado ha ido perdiendo calidad, el alumnado actitud y aptitudes, y los planes se han ido haciendo más asequibles. Hoy en día cualquiera puede terminar una carrera. De modo que hoy una licenciatura es poco más que un trámite para entrar, de forma precaria, en el mercado laboral.

La cuestión es tan patética que hay grandes empresas que rechazan incluso entrevistar a licenciados en determinadas facultades de algunas universidades masificadas. Ser licenciado hoy no garantiza nada. Si antes terminar la carrera te introducía en una élite intelectual, hoy te coloca al mismo nivel que otros cientos de miles de personas que saben tan poco como tú. Las carreras no preparan para nada. Ni siquiera garantizan que sepas leer y escribir con corrección.

Una vez que el título de arquitectura había perdido también su dificultad, sólo quedaban unas pocas carreras con prestigio, de tal manera que las empresas se pegaban por sus titulados. Las ingenierías superiores mandan cada año al mercado a auténticos profesionales, con conocimientos amplios y hondos, y una capacidad asombrosa para aprender cualquier oficio o profesión que se les exija. Los ingenieros superiores son la auténtica élite intelectual de nuestro país. Tan sólo ellos pueden fardar de tener una titulación realmente universitaria.

Pero claro, destacar parece proscrito en esta democracia igualitaria, enemiga de la excelencia. El actual Gobierno, que lo es por mucho que no lo parezca, planea eliminar las diez titulaciones de ingeniería superior. Se igualarán, según el proyecto de Mercedes Cabrera, ministra de Educación, a las ingenierías técnicas, y pasarán de seis a cuatro años. A ver si así consiguen eliminar el abismo que separa a cualquier ingeniero superior de cualquier otro licenciado del panorama español.

El concepto de universidad no existe como tal, ni en España ni en la mayor parte de Europa. Con la excusa del plan de Bolonia para armonizar las titulaciones universitarias, se ha ido despojando de muchas materias a las distintas carreras, que así son unos cursillos de contenidos mínimos donde el estudiante apenas profundiza en ninguna materia. Hoy en día, el licenciado en Derecho no tiene por qué saber Derecho Romano o Derecho Natural, y el arquitecto no se pasa un año dibujando sin parar. Los estudiantes de Periodismo no saben redactar una noticia, y los de Políticas apenas saben hacer la ‘o’ con un canuto. A los de Psicología ni siquiera les suena el nombre de Carl Jung y a los de Historia de Arte hay que ayudarles a recordar a Giotto. Hemos idos vaciando las carreras para convertirlas en asequibles para cualquiera. Así, hoy en día la Universidad es una continuación del colegio. Que un estudiante haya estado 20 años en las aulas no significa absolutamente nada. Quizás sepa algo; probablemente sabrá muy poco.

Cuando llegó la Democracia a España, con 150 años de retraso, se pensó que había que igualar las posibilidades de los ciudadanos. Pero se confundieron muchos términos. Así, con la educación en general se creó un sistema de mínimos donde todos pudieran acabar sin que nadie pudiese sacar una cabeza al resto. Un concepto igualitario “por abajo” y enemigo de la excelencia. Con la Universidad en particular se decidió que todo el mundo pudiese ser universitario con independencia de sus aptitudes y actitud. Lo importante es sacar el título, aunque eso elimine el propio sentido elitista de la enseñanza universitaria. En lugar de crear una política que asegurase el acceso a la universidad de los mejores estudiantes con independencia de su origen social, se optó por la política de crear universitarios en serie, aunque eso supusiese eliminar el conocimiento. Así, hasta los universitarios son hoy corderitos escasamente críticos con el poder.

Y así fueron naciendo universidades en todas las provincias, con el lógico declive de la calidad del profesorado y con la imperiosa necesidad de adaptar los planes para que los hijos de la LOGSE no fracasaran en el trámite de la enseñanza superior. En lugar de crear una universidad para los mejores, se creó una universidad para todos. Adiós a la élite intelectual, muerte a la excelencia académica y humana. Progresía en estado puro para una sociedad más igualitaria, mucho menos justa. Porque no hay nada menos justo que impedir a los mejores llegar más arriba que los mediocres. Así, con tantas facultades, tanta ignorancia en las aulas y en los estrados, se perpetúa el sistema en el que sólo triunfen los que tienen contactos o dinero. Esta universidad capaz de prescindir hasta de los ingenieros, en lugar de igualar, amplía e institucionaliza las diferencias sociales. Hoy un alumno brillante no es mucho mejor que un alumno normal. Los dos serán licenciados, los dos sabrán bastante poco.

1 comentario:

Alonso Moreno de Barreda Rovira dijo...

Cierto es que la universidad española deja mucho que desear, cierto es también que falla la educación de primer grado, pero no tanto que tan sólo salgan preparados para el mundo laboral aquellos que provienen de carreras de rama científica.
Las ciencias aportan una estructura al pensamiento que no otorga el estudio de humanidades. Imprimen capacidad de raciocinio y diagnóstico mayores que muchas sociologías o letras puras, pero la verdad es que no debieran considerarse como formaciones que ofrecen mayor excelencia.
No me cabe la menor duda de que exigen un esfuerzo mayor, o más bien dicho distinto (no creo que hoy en día esos estudiantes de ciencias pudieran con los tochos de mercantil), símplemente tienen formado su esfuerzo, frente a lo requerido por sus titulaciones, que es bien distinto al conocer al pie de la letra que obligan las letras.
Sabiendo pues que ambas ramas de la educación son bien distintas, requieren formas de estudio distintas e imprimen caracteres opuestos yo señalaría que es más difícil que en tiempos pasados ser un estudiante de excelencia, pero la realidad es que la formación universitaria es parte de la vida y complementaria a la formación individual. Como antes dije las titulaciones imprimen la base. El verdadero conocimiento de excelencia ha de buscarlo uno por su propio camino y allá no estarán las universidades para ofrecérselo, salvo cátedras.
A demás, ¿ es más vago y difuso el conocimiento de la vida, la experiencia laboral, una trayectoria profesional buena?, ¿dice esto pues que la única forma de ser intelectual es formándose universitariamente, o podemos considerar a personas punteras en lo profesional como sabios en su materia? (hablo de Amancio Ortega, Steve Jobs, o cualquier avezado agricultor).
A vuestra elección lo dejo-.