jueves, 27 de septiembre de 2007

LA ENSEÑA ESPAÑOLA ULTRAJADA (II)

Historia de la bandera española: Por Diego Quiñones
Estévez
La Historia de España, nos va configurando la iconografía de nuestro símbolo nacional por excelencia, la Bandera Nacional. Sus raíces históricas van unidas al devenir histórico de España, que empieza en la Iberia de los celtíberos, la Iberia, topónimo con que los griegos conocían a la Península Ibérica, la Hi-shphanim (Isla de conejos) o Span-Spania (tierra escondida o remota) de los fenicios y cartagineses, que luego los romanos llamaron Hispania. El color rojo se remonta al penacho del mismo color que ostentaban en el casco de bronce los iberos o a las franjas rojas que decoran la túnica de la escultura ibérica de la Dama de Baza (Granada), así como a las dovelas rojas y blancas de los arcos o bóvedas en los edificios de los romanos y de los visigodos. Hasta el siglo XIX, de color rojo, fue la divisa o escarapela de los gorros del Ejército, que se reemplazaría por la escarapela bicolor.

Las legiones romanas y la caballería romana, desde el Emperador Cayo Julio César Octavio Augusto (63 a.C.-14 d.C.), emplearon el estandarte cántabro como homenaje a la heroicidad y resistencia del pueblo cántabro en su lucha contra Roma. Este fue el labarum (lábaro) o cantabrum estandarte imperial que tenía dos bordes de franjas laterales en horizontal de color oro o gualda, sobre un fondo carmesí con un emblema en el centro en forma de círculo de color oro. Es el estandarte más antiguo de Europa y uno de los orígenes más claros de la Bandera Nacional de España. El Emperador Cayo Flavio Valerio Aurelio Claudio Constantino (272-337), empleaba el lábaro con un crismón (el monograma de Cristo: una X sobre la que superpone una P). Las barras oro y rojas de la Santa Sede, proceden de los colores del lábaro, tal y como se documenta en las cintas de lemnisco de los sellos que aún se conservan en la umbrella vaticana. Los reyes de Aragón en la Edad Media, reemplazan el crismón por el símbolo heráldico de la Cruz de Iñigo Arista en la bandera de Pedro IV (1319-1387), donde también incorpora una cimera con dragón, origen de San Jorge, patrón de Aragón.

En cuanto a los orígenes del color amarillo, los visigodos de Hispania, usaron una insignia militar con bandas amarillas y dos leones rojos rampantes. En la Edad Media, a raíz de la invasión islámica, cuando los reinos cristianos luchan por recuperar la unidad perdida de Hispania, será cuando se empiece a perfilar con más claridad la iconografía que configura la Bandera Nacional de España. Los diferentes reinos de España, emplean enseñas donde se colocaba el escudo de armas de los reyes sobre la tela o lienzo: en el Reino de Castilla, el pendón carmesí con un castillo dorado; en el Reino de León, un león rojo o púrpura sobre un fondo blanco; y en el Reino de Aragón, las cuatro barras o palos de color rojo sobre un fondo amarillo.


A partir del siglo XIV, con Enrique IV de Trastámara (1425-1474), Rey de Castilla y León, y con los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla (1451-1504) y Fernando II de Aragón (1452-1516), y después en el Renacimiento con el Emperador del Sacro Imperio Romano, Carlos V, también Carlos I de Habsburgo (1500-1558), los pendones militares eran de color rojo con la banda y los dragantes dorados, aunque también eran blancos con la banda negra, tal y como se observa en los escudos de Pedro I de Castilla (1334-1369), Pedro el Cruel, que adornan los Reales Alcázares de Sevilla, el Alcázar Real o del Rey Don Pedro en Carmona, o los escudos de armas de las familias de nobles castellanos.

Será, pues, en el Reinado de los Reyes Católicos, que logran la unidad perdida de España, y luego con el Reinado breve de la hija de los Reyes Católicos, Juana I de Castilla (1479-1555), cuando los colores y la iconografía de la Bandera Nacional aparecen con nitidez en el pendón rojo con banda de oro, rematada por cabezas de serpiente, mientras que el Ejército empleaba una bandera carmesí cuarteada donde se colocaban los distintos blasones de los reinos de España.

Uno de los iconos más destacados de la Bandera Nacional española, que se introduce en el siglo XIV con la Reina Juana I de Castilla, es el Aspa de Borgoña, la cruz en aspa del Apóstol San Andrés, cuyos troncos cruzados representan los nudos donde estaban las ramas.

Con el Emperador Carlos V, de la dinastía de la Casa de Austria, Señor de los Países Bajos y Duque de Borgoña, la bandera principal del Ejército, de los Tercios, era de seda amarilla, donde se colocaba el escudo imperial bordado.

Felipe II de Habsburgo (1527-1598), sustituye el paño blanco donde se asentaba la Cruz de Borgoña por el amarillo. Ya en el siglo XVII, con Felipe IV de Habsburgo (1605-1665), se determinó que las banderas de Tercio y Compañía, serían iguales: rojas con una imagen de la Virgen María, aunque también se usaban otras como rojas y blancas de cuadros o a listas, sin que faltara en ninguna de ellas la cruz en Aspa de Borgoña.

En el siglo XVIII, al morir Carlos II de Habsburgo (1661-1700) sin descendencia, llegan las luchas civiles y europeas que fue la Guerra de la Sucesión Española (1702-1713), y se instaura en España la dinastía francesa de la Casa de Borbón. Con los primeros borbones, Felipe V de Borbón (1683-1746), Luis I de Borbón (1707-1724) y Fernando VI de Borbón (1713-1759), regresa a las banderas el paño verde con las armas reales. Sin embargo, será Carlos III de Borbón (1716-1788) quien dé la entidad definitiva y simbólica de lo que es la Bandera Nacional rojigualda, con el Real Decreto de 28 de mayo de 1785 donde se especifican ya los colores y las formas de las tres listas con el escudo de las Reales Armas reducido a dos cuarteles de Castilla y León, y con la Corona Real encima.

Esta es la Bandera Nacional que se mantuvo durante el siglo XIX, pero que se trató de falsificar en colores y formas en el siglo XX con la bandera de la II República (1931-1936). Esta bandera era una impostura, un signo y no un símbolo como la Bandera Nacional que no era ni es una bandera monárquica como pretendían los izquierdistas prosoviéticos. La Bandera Nacional, era la que apreciaban y querían la mayoría de los españoles en vez de la tricolor. Ésta era un signo ideológico, con tres franjas horizontales del mismo tamaño y donde la última franja era morada, un color morado que fue fruto de una confusión y una manipulación histórica: confusión porque el pendón del Reino de Castilla, era carmesí, no morado; y manipulación histórica porque en el siglo XIX, una sociedad secreta masónica adoptó el nombre de los “Comuneros”, y empleó el color morado como distintivo, un color, un distintivo que nada tenía que ver con el pendón carmesí de los auténticos Comuneros castellanos que se sublevaron contra Carlos V, en Villalar (Valladolid) por 1521.

Las sublevaciones y la guerra de las Comunidades de Castilla (1520-1521), fueron motivadas por el rechazo a la política del recién llegado al poder, el joven inexperto, nieto de los Reyes Católicos, Carlos V, que colocó a los extranjeros flamencos y alemanes en los puestos decisivos, desde los cuales se dedicaron a esquilmar a Castilla. Ante ello, la revuelta juntó a burgueses, obreros, clérigos, frailes mendicantes, mercaderes, menestrales, y al principio a la aristocracia, porque luego prefirió seguir manteniendo un orden social favorable cuando el movimiento comunero tomó un matiz antiseñorial.

Paradójicamente la bandera tricolor, no fue la preferida por la coalición izquierdista del Frente Popular que la consideraba la bandera tricolor de una República burguesa , que había que reemplazar por la roja de la Revolución Socialista, con la hoz y el martillo. Prueba de ello es que cuando comenzó la Guerra Civil Española (1936-1939), en las milicias del bando del ejército Popular, se emplearon las banderas ideológicas rojas o rojinegras, bien soviéticas o anarcosindicalistas, más que la bandera tricolor republicana. En el bando del ejército Nacional, al principio se empleó también la tricolor republicana, pero se reemplazaría por la anterior Bandera Nacional bicolor pero con el escudo de los Reyes Católicos que se mantuvo con la Dictadura Franquista(1939-1975).

Con la llegada de la Monarquía Parlamentaria, tras la restauración de la Casa de Borbón en el Reino de España, en la Constitución Española de 1978, la Bandera Nacional queda definida de acuerdo con sus orígenes históricos, tal y como se señala en el Art. 4., del Título Preliminar. La Bandera Nacional es la Bandera constitucional, no así el Escudo de España que se define y legisla posteriormente.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

LA ENSEÑA ESPAÑOLA ULTRAJADA (I)

La enseña rojigualda es representante y galán de la unidad de España. Es fe de la igualdad y condición de pueblo soberano, que a todos los españoles nos enorgullece tener y por ello ha de ser defendida y custodiada por los Cuerpos de Seguridad del Estado. Así lo indica la Constitución Española (1978), y una vez más el Tribunal Supremo en sentencia firme, vuelve a dejarlo aclarado cuando impone lo que ya estaba legislado en la Ley 39/1981, del 28 de octubre:
  • La bandera de España deberá ondear en el exterior y ocupar el lugar preferente en el interior de todos los edificios y establecimientos de la Administración central, institucional, autonómica, provincial o insular y municipal del Estado.
  • Cuando se utilice la bandera de España, ocupará un lugar destacado, visible y de honor. Si junto a ella se utilizan otras banderas, la bandera de España ocupará un lugar preeminente y de máximo honor, y las restantes no podrán tener mayor tamaño.
La Constitución Española (1978), en el Art. 4.2 del Título Preliminar, advierte a los responsables políticos de las autonomías y municipios que:
  • Los Estatutos podrán reconocer banderas y enseñas propias de las Comunidades Autónomas. Éstas se utilizarán junto a la bandera de España en sus edificios públicos y en sus actos oficiales.
Y en el Art. 4.1, recuerda a aquellos que pretendan falsificarla, en sus colores y forma que:
  • La bandera de España está formada por tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, siendo la amarilla el doble de anchura que cada una de las rojas.
Este Gobierno del señor Rodríguez y su Ministro de "injusticia" Bermejo se han empeñado en seguir con la demagogia a la hora de aplicar las leyes. Son válidas para algunos, inexistentes para otros y según estos socialistas han de defenderse, con más o menos ímpetu, según el contexto en el que se infrinjan.

La ley es la ley y no cabe interpretación nada más que a quienes compete, las altas estancias jurídicas, pero cuando éstas se guían por designios políticos desaparece su razón de ser y el pueblo deja de creer en ellas.

Señor Rodríguez: Si no le gusta nuestra ley de banderas, si no le agrada la ley antiterrorista (espero que haya vuelto a razón con los muertos de Barajas), o cualquier otra, tan sólo cámbiela, está en su derecho. Pero no trate a los españoles como borregos ignorando el marco jurídico cuando le conviene. Pruebe a decir realmente lo que piensa de ellas y busque el respaldo del pueblo. Si no lo tiene y creo feacientemente que se le negaría, es que ha perdido el norte y su representación democrática ante la nación. De antemano, váyase.

lunes, 17 de septiembre de 2007

DESGOBIERNO SOCIALISTA vs. DESPROPÓSITO NACIONALISTA

La demagogia nacionalista nos hace creer en unos partidos moderados

En estos días discutimos en bares y tertulias caseras si Josu Jon Imaz ha dejado el PNV en manos de una línea nacionalista dura. Bien, partamos del engaño de esta discusión: no existe el nacionalismo blando, pues su último fin y razón de ser es quebrar el Estado y la Constitución que nos une, lo que en tierra de todos habría de llamarse extremista radical.

Así pues no son demócratas, ya que no creen que la organización estatal de nuestro país sea la correcta. Lo demostran día a día cuando retiran la enseña nacional de los balcones donde gobiernan, cuando anulan partidas presupuestarias estatales a su antojo y cada vez que vulneran la Constitución en temas culturales y lingüísticos.

Con todo ello pensar en el menor de los males, que es la forma de llevar la política de estos energúmenos entre un quehacer más suave y sutil o quizás más brusco como el que vivimos con Arzalluz, me da verdaderamente igual.

Dejémonos de demagogias y llamemos a las cosas por su nombre, ocupémonos de los problemas de la gente, que aunque el señor Rodríguez se empeñe en ocultarlos son muy ciertos y demos a esta gente la representación política que debieron darle los malogrados padres de la Constitución del 78. No digo que anulemos pues su palabra no, si no que vuelvan a sus regiones a ejercer y no que yo andaluz, tenga la posibilidad de votar a Touriño, o a Carod en unas elecciones nacionales. Esas personas dicen luchar por los intereses regionales de su pueblo, mentira pues sólo luchan por quién comparte los suyos. Aún así bien, que su representación no se catapulte al ámbito nacional y sea en sus comunidades donde jueguen sus funciones. Veremos si eso no anula la mayoría de los disgustos y malos tragos que el líder socialista y despresidente del Gobierno nos ocasiona cada mañana en el café.